La traducción en los tiempos del ruido

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LA TRADUCCIÓN EN LOS TIEMPOS DEL RUIDO

Es maravilloso ver cómo avanza el mundo tecnológico! Me asombro al ver todos los cambios que he atravesado a lo largo de mi carrera profesional de más de 50 años. Algún colega me dijo que el oficio de Traductor Oficial existe desde 1951. La verdad es que en 1971 cuando yo tenía 24 años, ya estaba casada y tenía una hija, un tío abogado me dijo que acababa de inaugurarse ese oficio en Colombia porque no había quien lo ejerciera.

Yo hablaba muy bien el inglés porque en aquella época el Colegio Marymount era regido por religiosas extranjeras y nuestros estudios eran todos en inglés. Al graduarme de bachiller viajé a Detroit con un programa de la Universidad Javeriana, a un intercambio de un año, con mi amiga María Cristina Echeverry de Bermúdez. Los integrantes del grupo iban a aprender inglés y nosotras nos matriculamos en el Marygrove College en un curso de Traducción Comercial (7 horas diarias) y fue mucho lo que aprendimos. Siempre nos llamaron la atención los idiomas y cuando uno descubre sus carismas y los sigue, termina encaminándose en la vida en lo que le gusta y en lo que puede servir a los demás.

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Al regresar, fue cuando tuve la interesante conversación con mi tío y mi amiga y yo hicimos las averiguaciones pertinentes para obtener el título de “Traductoras e Intérpretes Oficiales”.  Nos enviaron a la Universidad Pedagógica para el examen de dos días enteros, sin diccionarios, traduciendo artículos de periódicos y de revistas locales y mundiales al inglés y al español. Luego nos pusieron a escuchar varios relatos en la radio, tanto en inglés como en español, y teníamos que traducirlos ahí mismo, quedando registrada nuestra actuación en una grabación. A los 8 días nos llamaron y recibimos la aprobación de nuestros exámenes, con felicitaciones. Luego nos posesionamos en el Tribunal Superior y nos registramos en el Ministerio de Relaciones Exteriores con un sello que contenía una impresión de nuestra firma con la cédula y el número de nuestra Resolución. Esto con el fin de que la firma a mano alzada fuera igual a la que aparece en el sello. Es el mismo sello que utilizo desde entonces.

En ese mismo año de 1971 abrimos la oficina de Traducciones Técnicas y Comerciales en el llamado Centro Internacional: el de la calle 29 con carrera 7ª.  Desde el primer día, al informar a unas oficinas de abogados sobre nuestro título, nos enviaron páginas y páginas de traducción. No había competencia.

A pesar de nuestro amplio conocimiento del inglés y del español, no teníamos experiencia en términos legales. Mi padre era abogado y con intensa dedicación por el orgullo que sentía de nuestros logros, nos revisaba las traducciones todas las noches. Dormía poco, el pobre. Y el sábado nos clavaba todo el día a explicarnos con minucia los términos jurídicos, en especial los que se usan en latín y aquellos que no tienen una traducción exacta y hay que dar una explicación.

El padre de mi amiga María Cristina (ya fallecida) era médico y también trasnochaba con frecuencia, revisando nuestra labor puesto que recibíamos ingentes trabajos de los laboratorios y muchos estudios de “control de la natalidad”, que era el tema de moda. Ellos fueron nuestros mecenas y a ellos les rendiré siempre tributo.

Unos 4 o 5 años después de la apertura de nuestra oficina la Universidad del Rosario abrió la facultad de Traducción Simultánea.

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Consideramos volver a estudiar pero no tenía sentido dejar a nuestros clientes y nuestro trabajo que aumentaba constantemente por la ausencia de competencia. La época no brindaba facilidades de estudiar y trabajar a la vez. Para atender el creciente volumen no tecnificamos. Comenzamos a dictar en grabadoras de periodista y entregábamos los cassettes a secretarias que digitaban el dictado que luego corregíamos para entregar al cliente.

Era un asomo a la modernidad. En la década del 70, no existían las máquinas eléctricas y mucho menos los ordenadores. Escribíamos en máquinas de museo, con papel carbón para dejar una copia, y cuando se cometía un error había que borrar con mucho cuidado, tanto en la copia como en el original, para digitar la letra de nuevo encima. Si el error era de más de una palabra, había que repetir la página.

Nuestra oficina era pequeña; recurrimos a lo que más tarde se llamaría maquila. Contratamos secretarias que trabajaban en sus casas y nos dedicamos a dictar, sin percatarnos de que estábamos haciendo ejercicios de traducción simultánea. Con el transcurrir de los años, dictábamos de corrido de un idioma al otro, ya en cassettes pequeñitos que enviábamos a las secretarias en taxi, unas 5 veces al día, ¡con el resultado maravilloso de convertirnos en intérpretes simultáneas!

Fue una gran compensación, después de tantos años de esfuerzo permanente.  Definitivamente la práctica hace al maestro.

Luego vino la máquina de escribir eléctrica, que fue un alivio; enseguida el procesador de palabras, precursor del computador, que finalmente llegó en la década del 80 con la popularización de las fotocopiadoras de Ricoh para abrirle mella a Xerox, inventores de los computadores de donde Gates y Jobs robaron tecnología para popularizar el ordenador personal.

Hoy día sigo dictando, ya en grabadoras modernas, sin cassettes y con archivo de voz que se envía por computador, y, ¡se acabaron los despachos por taxis!!

Llegó la competencia y la oportunidad de hacer nuevas amistades con colegas a través de asociaciones como ANATI-O.

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